Esperé hasta que la fiesta acabó
y cuando el rey estaba durmiendo la borrachera,
aproveché para clavarle el as de espadas
y separarle a capricho en dos mitades
bastante desiguales.
Luego me alejé cantando
una alegre melodía irlandesa.
Cuando llegó la mañana
solo tuve que meter las manos entre las zarzas
para pagar el precio de la libertad.
Ya no tenía intereses que atender
y pude dedicar mi tiempo
tan solo a las obligaciones que me imponía
la madre naturaleza.
No hay comentarios:
Publicar un comentario