viernes, 7 de septiembre de 2018

Trabajo de biblioteca de verano (2ª parte)

Yo estaba en la biblioteca de verano intentando actuar como si el suministro internético se hubiera interrumpido de forma inesperada, de manera que según iban entrando los usuarios les decía: "Lo siento, no puedo hacer nada, seguro que están trabajando para solucionarlo a lo largo de la mañana. No se preocupe, continúe con su vida como si nada y reciba, no faltaría más, un cordial saludo de su bibliotecario de referencia".

El plan estaba funcionando hasta que llegaron Candela, Paula y Montse en plan: "Jo, es que queríamos mirar algunas ideas en Internet para decorar una tarjeta de felicitación". Y claro, se hizo el Internet del tirón..., y también el interlahostia, porque a los cinco minutos llegaron Rayo y su amigo el rubio, los más revoltosos de la camada de 9 años, con ansias de jugar a la guerra online sin hacer prisioneros. Y enseguida estaban gritándose y matándose, montando un pandemonio de gritos y amenazas de lo más desagradable que llegó a su punto culmen cuando le tiré al rubio, con éxito, una edición abreviada de las obras completas de Platón. Entonces, pensé que mis días como biblioteguay habían acabado, pero Rayo empezó a reírse de la situación y el rubio aprovechó para tirarle una vida de santa Teresa de Jesús bellamente encuardernada, también con éxito. Candela, Paula y Montse empezaron a reírse mientras movían la cabeza, como diciendo vaya elementos. En un momento, todos estábamos riendo. Rayo y el rubio vinieron a chocar esos cinco conmigo y, casi sin parar de reír, me dijeron: "Jo, qué bien lo pasamos en la biblioteca". Y a continuación se fueron a seguir haciendo de las suyas. Yo suspiré aliviado y me dejé caer en la silla de control de la sala. Miré el reloj de la pared buscando un amigo. Todavía faltaba media hora para salir.

Afortunadamente, me quedaba algo de crema de whisky en casa. Mañana sería otro día. Otro día cuidando de los libros, porque mola que los libros cuiden de ti. 

martes, 4 de septiembre de 2018

Preguntas frecuentes sobre jabón

Desde que subimos el primer vídeo a nuestro canal de Youtube hace casi 4 años, nos han llegados muchas preguntas de personas que empiezan a hacer jabón. Nos hemos dado cuenta de que algunas de esas preguntas se repiten constantemente, así que hemos seleccionado algunas para el nuevo vídeo que acabamos de compartir. Esperamos que os guste .







viernes, 31 de agosto de 2018

Practicando al límite el noble arte de la buena vecindad


355 días al año, practicar la buena vecindad en la huerta me requiere cinco minutos de conversación, a la sombra en verano y cerca de la estufa de leña en invierno.

Dos días al año, me requiere dos horas y 48 minutos limpiando el trozo de regadera que me corresponde.

Ocho días al año, me requiere 47 minutos regando la huerta del vecino, mientras él disfruta de unas merecidas vacaciones de sí mismo.

Y ya.

Luego, los días transcurren más o menos en plan oye, tunante, llévate ahora mismo esta cesta con bien de todo. A lo que se contenta, pues grandísimo Satanás, llévate tú esta otra con lo mejor de cada mata. E inmediatamente se sale corriendo para no entrar en una escalada de embustes y exageraciones que puede ser interminable.

Sin embargo, todo hay que decirlo, hay un vecino que ni siquiera acorralándole por las buenas entre tres podemos hacer que entre en razón y colabore. Hasta que un día, hartos de su comportamiento, decidimos pasar a la acción directa y le pusimos una trampa de las que fracturan piernas de manera limpia y sin dejar traumas. Entonces, en cuanto empezó a gritar, aparecimos el resto de vecinos como ángeles de la guarda para echarle una mano y decirle las palabras mágicas. Esas de tú no te preocupes por nada que ya verás cómo sales bien de esta, y de la huerta, ni que decir tiene que nosotros la vamos a cuidar para que no le falte hortaliza variada a tu familia.

Ahora, pasado el tiempo necesario para que la recuperación fuese totalmente satisfactoria, nos adora, y por supuesto, es el que más brasas se pone a la hora de regalar cestas.

jueves, 2 de agosto de 2018

Es mejor tener amigos que ser fuerte


Mi amigo el brasas

Tengo un amigo que no deja de darme la brasa para que me una a la organización de la que forma parte. Hasta que un día le cogí por banda y le esposé una de sus manos a una de las mías para que viese con sus mismos propios ojos que, en mi día a día, aplicaba bastantes de los principios que predica la organización.

Una semana después le solté. Desde entonces, ya no me da la brasa y va diciendo por ahí que soy un radical.


Mi amigo José Juan

Durante las vacaciones de Semana Santa Juan José estudiaba con pasión, y durante las navidades celebraba la epifanía del Señor estudiando mogollón.

Estudió tanto que, nada más acabar la carrera, encontró trabajo en una multinacional del sector y ahora, pasados apenas unos años, está a medio lustro de formar parte del consejo de administración.

José Juan dejó atrás su origen humilde a base de hincar tanto los codos que se le han vuelto colmillos. Y cuando oye a alguien lamentarse por que no puede llegar a fin de mes, al contrario que él, siempre da la misma receta: pasión en Semana Santa, y en la epifanía, mogollón.


Los amigos del mercado de San Hilachos

Un número primo de las personas 
que frecuentan el mercado de San Hilachos
también se sienten atraídas por las marcas comerciales,
y lo mismo te regalan un impecable discurso ecologista
que van de compras a comprarse lo que podrían comprarte a ti,
o hacérselo ellos mismos.

Suelen tener profesiones demostrativas,
e incluso forman parte de partidos, asociaciones y cineclubs,
pero aún así, siguen enganchados a un tipo de vida
donde siempre encuentran una excusa 
para moverse en coche,
para poseer la tierra sin interés por cultivarla,
para tener inmuebles que alquilar 
al precio del mercado que tanto critican
y para celebrar onomásticas y aniversarios como toda la vida.

Y sin embargo son ellos
los que sostienen económicamente
el mercado de San Hilachos con su dinero.

Ellos, que con una mano defienden lo que dicen
y con la otra se pueden permitir lo contrario,
creen que otro mundo es posible,
un mundo donde se pueda conciliar 
el saludo al sol con la protección solar.


Mi amigo el pueblo

No hay trabajo en el pueblo, solo construcción.
Solo huertas y olivares que los hijos van vendiendo, según van heredando, a consultores y abogados de la capital para que se hagan una casa, la piscina y todo lo necesario para venir a babear un fin de semana al año. Solo un sueño colectivo, que se llama casa rural petada los fines de semana.

Todo el mundo sabe en el pueblo a cuánto está el metro cuadrado. Todo ha sido ya medido, contado, pesado...

Todo, menos esa planta que crece entre las zarzas amigas y que algún alma caritativa ha tenido a bien plantar de tal manera que esté medio a la vista, aunque nadie la vea, y totalmente a la vera de mi mano.

Mi amigo el plástico

1.
La ley protege el plástico.
El pueblo adora el plástico.
El plástico se sabe todos los trucos
para abaratar costes de producción,
y sabe premiar con pingües beneficios
la digestión de sus residuos.

Estamos en un laberinto de plástico,
hecho a conciencia, y los pocos
que intentan encontrar la salida
dicen que es tan complicado
como viajar a otro planeta.

2.
Hubo un tiempo en el que merecía la pena
estar libre de pecado para tirar la primera piedra
al nota de turno, pero hoy no tiene sentido,
no merece la pena estar libre de culpa
para tirar una piedra de puro plástico.

3.
Con tanto producto de usar y tirar, 
no hay quien conozca el paño.

4.
Aquí, en el pueblo, hay uno que se viste con un mono alforja donde lleva la navaja, una cuerda, un saco, algo de comer, el cuerno de beber, un hacha de mano y las demás cosas que necesita una persona para desenvolverse en su día a día. ¡Y no toca el plástico!

Pero vamos, uno. En cuanto a los chavales, visten ropa deportiva made in algún lugar del mar de la China.

5.
Yo hago lo que puedo, y en cuanto he tenido la oportunidad me he pasado al plástico trapo. Creo que es una buena solución: está triturado de precio, se desintegra al instante en cuanto no lo quieres más cerca de ti y si te lo tiran a la cara, siempre aterriza en el pecho. ¡Qué más quieres! No merece la pena ni mangarlo.

6.
El plástico no es un material, es un estilo de vida del tipo totalitario que se ha impuesto a base de empujones, codazos y untes varios a los jerifaltes oportunos, sin dejar espacio a cántaros, espuertas de esparto, alforjas, cestas de mimbre, pellejos, cuernos, bolsas de lino cosidas y vueltas a coser a mano, etcétera, etcétera del mismo paño.

7.
Por lo demás, lo único que se puede añadir sobre el plástico es lo que dicen por lo bajini los últimos descubrimientos científicos sobre el asunto: o acabamos con el plástico o el plástico acabará con nosotros.

Cosa, por cierto, que ya se sabía en los bares.

miércoles, 25 de julio de 2018

Trabajo temporal en una biblioteca de un pueblo de verano


Trabajo en la biblioteca de un pequeño pueblo situada, para más señas, enfrente de un bar. Y la experiencia adquirida durante el último mes me permite afirmar rotundamente que tiene más éxito de crítica y de público el bar que la biblioteca.

Lejos de guardarme semejante descubrimiento para mí, decidí comentarle al alcalde la idea de instalar parte de la biblioteca en el bar, para arrimar los libros a los botellines y los botellines a los libros, con tan buena suerte que dijo que sí a todo con la misma naturalidad con la que se olvidó de prestarme el apoyo logístico necesario para la operación.

Pero yo no me di por vencido. Agotada la vía institucional, no tenía más remedio que pasar a la acción directa. El plan era sencillo: ponerme en la puerta y jalear de viva voz las bondades de la biblioteca. Pero los pocos que pasaban eran octogenarios, parroquianos o turistas con toallas en busca de la piscina natural.

Tenía que aceptar la realidad. El plan había sido un fracaso y mi rendimiento en el trabajo se resintió muchísimo. Prácticamente, me limitaba a dormitar y me di al hurto de bolsas de basura y rollos de papel higiénico. Incluso llegué a desenroscar la fregona del palo de la misma, que estaba nueva, y darle el cambiazo por la de mi casa, que estaba de aquella manera.

Sin embargo, para mi sorpresa, una semana después me volvieron las ganas de trabajar por la cultura. El nuevo plan también era sencillo: utilizar toda la artillería de versos que me brindaban los libros de poesía y dispararla directamente al pecho de los transeúntes. Sin prisas, elaboré un cartel de tamaño adecuado y escribí de mi puño y letra el famoso poema que dice claramente que nadie, ni siquiera la lluvia, tiene las manos tan pequeñas. Y a continuación me senté a esperar la reacción.

Desde entonces, la realidad no ha cambiado un miniápice y el bar sigue siendo más frecuentado que la biblioteca. Pero ya no me importa, porque resulta que desde que puse el cartel a un par de personas se les ha despertado un súbito amor por la poesía, que han acabado por extender a mi persona, dándome una nueva perspectiva de la vida cuando la miras desde el punto G. Y la verdad, mola. Mola comprobar que si cuidas de los libros, los libros cuidan de ti.