jueves, 2 de agosto de 2018

Es mejor tener amigos que ser fuerte


Mi amigo el brasas

Tengo un amigo que no deja de darme la brasa para que me una a la organización de la que forma parte. Hasta que un día le cogí por banda y le esposé una de sus manos a una de las mías para que viese con sus mismos propios ojos que, en mi día a día, aplicaba bastantes de los principios que predica la organización.

Una semana después le solté. Desde entonces, ya no me da la brasa y va diciendo por ahí que soy un radical.


Mi amigo José Juan

Durante las vacaciones de Semana Santa Juan José estudiaba con pasión, y durante las navidades celebraba la epifanía del Señor estudiando mogollón.

Estudió tanto que, nada más acabar la carrera, encontró trabajo en una multinacional del sector y ahora, pasados apenas unos años, está a medio lustro de formar parte del consejo de administración.

José Juan dejó atrás su origen humilde a base de hincar tanto los codos que se le han vuelto colmillos. Y cuando oye a alguien lamentarse por que no puede llegar a fin de mes, al contrario que él, siempre da la misma receta: pasión en Semana Santa, y en la epifanía, mogollón.


Los amigos del mercado de San Hilachos

Un número primo de las personas 
que frecuentan el mercado de San Hilachos
también se sienten atraídas por las marcas comerciales,
y lo mismo te regalan un impecable discurso ecologista
que van de compras a comprarse lo que podrían comprarte a ti,
o hacérselo ellos mismos.

Suelen tener profesiones demostrativas,
e incluso forman parte de partidos, asociaciones y cineclubs,
pero aún así, siguen enganchados a un tipo de vida
donde siempre encuentran una excusa 
para moverse en coche,
para poseer la tierra sin interés por cultivarla,
para tener inmuebles que alquilar 
al precio del mercado que tanto critican
y para celebrar onomásticas y aniversarios como toda la vida.

Y sin embargo son ellos
los que sostienen económicamente
el mercado de San Hilachos con su dinero.

Ellos, que con una mano defienden lo que dicen
y con la otra se pueden permitir lo contrario,
creen que otro mundo es posible,
un mundo donde se pueda conciliar 
el saludo al sol con la protección solar.


Mi amigo el pueblo

No hay trabajo en el pueblo, solo construcción.
Solo huertas y olivares que los hijos van vendiendo, según van heredando, a consultores y abogados de la capital para que se hagan una casa, la piscina y todo lo necesario para venir a babear un fin de semana al año. Solo un sueño colectivo, que se llama casa rural petada los fines de semana.

Todo el mundo sabe en el pueblo a cuánto está el metro cuadrado. Todo ha sido ya medido, contado, pesado...

Todo, menos esa planta que crece entre las zarzas amigas y que algún alma caritativa ha tenido a bien plantar de tal manera que esté medio a la vista, aunque nadie la vea, y totalmente a la vera de mi mano.

Mi amigo el plástico

1.
La ley protege el plástico.
El pueblo adora el plástico.
El plástico se sabe todos los trucos
para abaratar costes de producción,
y sabe premiar con pingües beneficios
la digestión de sus residuos.

Estamos en un laberinto de plástico,
hecho a conciencia, y los pocos
que intentan encontrar la salida
dicen que es tan complicado
como viajar a otro planeta.

2.
Hubo un tiempo en el que merecía la pena
estar libre de pecado para tirar la primera piedra
al nota de turno, pero hoy no tiene sentido,
no merece la pena estar libre de culpa
para tirar una piedra de puro plástico.

3.
Con tanto producto de usar y tirar, 
no hay quien conozca el paño.

4.
Aquí, en el pueblo, hay uno que se viste con un mono alforja donde lleva la navaja, una cuerda, un saco, algo de comer, el cuerno de beber, un hacha de mano y las demás cosas que necesita una persona para desenvolverse en su día a día. ¡Y no toca el plástico!

Pero vamos, uno. En cuanto a los chavales, visten ropa deportiva made in algún lugar del mar de la China.

5.
Yo hago lo que puedo, y en cuanto he tenido la oportunidad me he pasado al plástico trapo. Creo que es una buena solución: está triturado de precio, se desintegra al instante en cuanto no lo quieres más cerca de ti y si te lo tiran a la cara, siempre aterriza en el pecho. ¡Qué más quieres! No merece la pena ni mangarlo.

6.
El plástico no es un material, es un estilo de vida del tipo totalitario que se ha impuesto a base de empujones, codazos y untes varios a los jerifaltes oportunos, sin dejar espacio a cántaros, espuertas de esparto, alforjas, cestas de mimbre, pellejos, cuernos, bolsas de lino cosidas y vueltas a coser a mano, etcétera, etcétera del mismo paño.

7.
Por lo demás, lo único que se puede añadir sobre el plástico es lo que dicen por lo bajini los últimos descubrimientos científicos sobre el asunto: o acabamos con el plástico o el plástico acabará con nosotros.

Cosa, por cierto, que ya se sabía en los bares.