miércoles, 2 de octubre de 2013

Lana, lana, lana

Me gusta tejer. Me encanta imaginar patrones de prendas que nunca salen como las había ideado, pero que abrigan igualmente. Me gusta ver ovillos en un montón, con todos sus colores, y coger las agujas, y sentir el tacto de la lana al pasar entre mis dedos para convertirse en un gorro, unos guantes, un lo que sea. Pero quizás lo que más me gusta es el olor de la lana, ese olor a campo, a invierno, a jersey calentito. Aunque claro, para que huela así, la lana tiene que ser natural, sin mezclas sintéticas, sin procesos que le quiten su identidad y la conviertan en una fibra insulsa, anodina, sin vida.



Y ahí está el problema: que es muy difícil encontrar lana pura en las tiendas. Existen varias páginas web en las que se pueden comprar magníficas lanas vírgenes teñidas con tintes naturales, pero que proceden en su mayoría del Reino Unido. Y aquí, ¿es que no ha quedado nada de la tradición lanera que convirtió a España en uno de los principales proveedores mundiales de lana merina? 
Buscando, buscando, me topé con Laurentino de Cabo, uno de los últimos artesanos de la lana que quedan en Val de San Lorenzo. En este pequeño pueblo leonés llegó a haber 40 artesanos de la lana, de los que hoy solo quedan 4, y para los que no existe relevo generacional. Cuando Laurentino y sus compañeros artesanos abandonen el telar, los conocimientos adquiridos durante décadas y toda la cultura y la tradición generadas a partir de este oficio desaparecerán de Val de San Lorenzo. Quedará el Museo Textil, eso sí, con sus máquinas paradas y sus fardos de lana que nunca llegarán a convertirse en manta, porque un museo no deja de ser una exposición de piezas embalsamadas.
Aprovechando un viaje que estaba haciendo por la zona, me planté en el taller de Laurentino para comprar unas lanas con todo su olor a vida, pero no fue lo único que me traje de la visita. Laurentino es un hombre abierto y afable que contestó a todas mis preguntas de novata y me explicó con detalle el proceso para preparar la urdimbre antes de tejer una tela. También me enseñó la lana en rama, peinada, teñida, hilada... porque en su taller, Laurentino realiza todo el proceso que permite transformar un vellón de lana recién esquilada en un ovillo listo para tejer. 



Es importante conocer todos los pasos necesarios para conseguir un producto terminado, ya sea un ovillo de lana, o una manta, o un bolso, para así valorar el trabajo que implica. Si digo sin más que una manta pequeña de Laurentino cuesta 100 €, se podría pensar que es cara. Pero si se imagina el tiempo que ha tardado la lana en convertirse en esa manta, se llega a la conclusión de que el precio es más que justificado. Además esa manta seguramente nos durará toda la vida y nos servirá para extenderla en el suelo y sentarnos, para arroparnos, para protegernos de la lluvia...  


 

Laurentino me explicó que la lana es una fibra hueca, es decir, que si la mirásemos al microscopio la veríamos como un tubo hueco. Y esa cámara interior de aire es lo que convierte la lana en el mejor aislante térmico. Y si una vez tejida la tela, se abatana, las prendas que se confeccionen con esa tela ¡serán impermeables! Los pastores de Picos de Europa cambiaron durante algunos años las tradicionales mantas de lana por los chubasqueros, pero finalmente se dieron cuenta de que nada protege más de las inclemencias del tiempo y pesa menos que una manta de lana.





De esta productiva visita regresé a casa con un buen puñado de canillas de lana de maravillosos colores con las que a lo largo del invierno podré hacer guantes, gorros, bufandas... y todas esas cosas que me gusta imaginar, aunque luego nunca salgan como las había pensado.   


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