Cuando atisbas
la complejidad de la vida en la tierra,
creer en extraterrestres, el cielo
o el infierno no parece tan difícil.
Incluso llegas a creer que un robot
es tu mejor amigo,
tan solo con que te siga el rollo.
Cuando atisbas
la complejidad de la vida en la tierra,
creer en extraterrestres, el cielo
o el infierno no parece tan difícil.
Incluso llegas a creer que un robot
es tu mejor amigo,
tan solo con que te siga el rollo.
El genio de la lámpara maravillosa ya no se dedica a conceder tres deseos. Ahora trabaja como coach y en una sola sesión, por 199 pavos, te come la oreja hasta hacerte creer que los deseos los puedes conseguir por ti mismo.
-Tú eres la lámpara maravillosa- le dice al cliente mientras recoge los doscientos amiguitos que salen de un bolsillo.
Y lo creas o no, la gente se va más contenta de la sesión que cuando concedía los tres deseos.
Menos mal que al bueno de Alí Babá no se le ha ido la olla, y sabe que su éxito depende, en gran medida, de la ayuda que le brindan los 40 cabrones que lo acompañan. Por eso, cuando tiene que dar un discurso motivador, se centra en lo importante:
-Nosotros somos una banda de profesionales que dependemos los unos de los otros para hacernos con el botín. Nadie puede hacerlo solo. ¿Estamos?... Vale, y ahora al lío. Vamos a robar la casa de campo del Emir Juanín y nos vamos a traer todo el café que podamos.
Con diez contenedores por banda, a toda máquina el motor, un enorme buque mercante salió de un puerto del mar de la China cargado de bisutería, con la misión inapelable de transportarlo hasta el puerto seco de la península de Cabo Colleja.
Es un hito de la ingeniería naval, diseñado para que nunca se hunda y pueda transportar con seguridad mercancías, que con total seguridad, acabarán en el mar.
-Venga Cid, decídete. Tomemos Valencia cuanto antes. Ya está bien de deambular por Castilla como almas en pena.
-No sé, no sé. Valencia es mucha Valencia.
-¡Bah! Cuatro mataos que en cuanto nos vean salen corriendo.
-No sé, no lo veo.
-Que sí Cid, que sí. Nosotros ya hemos hecho el reparto. Tú serás señor de Valencia, yo archiconde de la Albufera y los muchachos se quedan con los comercios del centro, el cepillo de la catedral y medio barrio que da a la playa.
-¡No jodas! Ya lo habéis apañado antes de conquistarla.
-Pero si no es nada, Cid. Además, no tenemos nada que perder. Nos han echado de nuestras casas. Nadie nos quiere por aquí. Escucha, en Valencia vamos a estar bien. Una vez dentro y con mando en plaza reforzamos las defensas a saco, hacemos túneles de aprovisionamiento, Albufera a tope para que no nos falte de nada, y ya puede venir quien venga, que no nos echan.
-Hombre, decirlo es más fácil que hacerlo.
-Además, un tal Martín González sabe algo de barcos. Podemos construir una flota en condiciones y a comerciar por el Mediterráneo con todo lo que se mueva. Así empezaron los venecianos, en una ciénaga, y mira lo bien que les va ahora.
-Hombre, Venecia es mucha Venecia.
-¡Copón bendito! Atarle al caballo, que si no, no hay manera. Vamos pa' Valencia.
La historia dice que el Cid conquistó Valencia, pero esta historieta demuestra que fueron las huestes del Cid las que conquistaron la ciudad.
Es curioso que la naturaleza no necesitara dinero para desarrollarse y crear todo lo necesario para la vida de tantísimas especies y, ahora, su existencia, tal como la conocemos, dependa de la inversión de capital.
También es curiosa la expresión en sí misma: el que quiera naturaleza, que la pague. ¡Como si fuera un capricho! ¡Como si fuese otro producto más, sujeto a las reglas del mercado!
Somos y necesitamos naturaleza. No podemos pagar por algo que ya somos, porque entonces nos convertimos en avatares de nosotros mismos. Como tampoco podemos pagar por necesidades que ya cubre la naturaleza, porque entonces acabamos pagando por sucedáneos y bisutería.