lunes, 5 de septiembre de 2016

Moralinas, las justas


1.
Yo podría escribir 211 cuartillas de mi puño y letra
en las que explicase a un público joven y entusiasta
qué es el interés general.

Ahora bien, lo que es señalarlo con el dedo corazón,
como diciendo: "Sí, aquello que brilla descaradamente
es el magnífico interés general del que todos hablan",
no podría hacerlo de ninguna de las maneras.

En realidad, en el estercolero del yo, mi, me, conmigo
en el que me desenvuelvo con total desenvoltura,
nadie podría señalarlo.

Como mucho, el más aventajado, sin duda,
es capaz, de cuando en cuando, de romper la monotonía
y de viva voz marcarse un plural mayestático en plan nos, el rey...

2.
Hoy unos cuantos compinches hemos visto a un niño partirse los dientes bajando por una escalera. No te creas que no le habían avisado del peligro. De hecho, su madre venía diciéndole que tuviese cuidado desde tres calles atrás. Pero nada, el niño estaba enciscaíto jugando al Pokemon y cuando se ha querido dar cuenta estaba masticando suelo perfectamente bacteriano.
Ni que decir tiene que cuando se lo llevaba la grúa, los demás nos hemos partido el culo.
Menos mal que de toda experiencia se puede sacar algo bueno y el niño, del tirón, habrá aprendido la diferencia abismal que existe entre la realidad virtual y la cruda realidad.

3.
Nunca podrán los científicos, por muchos estudios que hagan, descubrir el remedio para la inmortalidad, pero sí que podrán, más temprano que tarde, sustituir cualquier miembro carcomido del cuerpo humano por otro nuevo de laboratorio, hasta convertirnos en seres biónicos.

Incluso, puestos a pedir virguerías a los cientis, estoy seguro de que conseguirán convencernos, por fin, de que el alma existe, aunque será mejor llevarla desconectada porque come mucha batería.

4.
El tema de las soluciones para un futuro mejor tiene enganchaíta a toda la peña. Vale, estupenda crítica de la realidad (como si fuera tan fácil hacer una estupenda crítica de la realidad) , pero cuál es la solución que tú propones, dicen siempre, antes de que la angustia los consuma, como peces huidos de piscifactoría cuando por primera vez en su vida divisan mar abierto.

Un amigo mío, cuando después de disertar le preguntan por las soluciones, siempre responde lo mismo: "Yo me conformo con que el personal deje de decir qué mundo vamos a dejar a nuestros hijos, y empiece a decir qué hijos vamos a dejar al mundo".

Luego pone su mejor sonrisa y reparte sus tarjetas de presentación por si alguien quiere más: Lao Tse,
viajando hacia el oeste en una búfala de agua, tan tranquilamente.

5.
Este verano hay mucha vieja grulla pinturrujeada,
amiga de sus amigas, paseando por la calle
con oro al cuello y perrito en la mano.
Y también mucho capullo disparando a todo lo que se mueve.

Son tiempos difíciles, ¡qué duda cabe!
Aunque al menos todo el mundo sabe ya
que el amor al prójimo es una enfermedad
que se cura fácilmente con buenas friegas de egoísmo.

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