jueves, 26 de febrero de 2015

¿Estamos preparados para cambiar algo? II

Resulta que, por lo visto, tengo las mejores lechugas al oeste del río Pecos. Y no es que lo diga yo, henchido de orgullo por ser el padre de las criaturas, sino que lo dice la doctora Pepi, propietaria del famoso laboratorio de análisis que lleva su nombre. La susodicha, después de analizar las mis lechugas por los cuatro puntos cardinales, ordenados de mayor a menor, exclamó al darme los resultados:

Sus lechugas son excelentísimas. ¡Joder!, son las mejores lechugas que he analizado en mi lechugina vida. ¡Enhorabuena!

Con la confianza de unos análisis tan favorables, cogí las lechugas, una mesa y una silla y me fui al Mercado de la Tierra que se celebra los sábados por la mañana, con la idea de venderlas. Una vez montado el semichiringuito, y a modo de reclamo publicitario, puse el cartel de moda: LECHUGAS PERO QUE MUY BUENAS.

La cosa se me dio muy bien, y vendí las 23 lechugas que llevaba, menos 3 que me comí allí mismo.

A la semana siguiente todo fueron elogios:
Tronco, ¡qué lechugas más buenas! –decían los clientes.
Gracias, aquí tienes mi dirección por si quieres comprarlas a diario respondía yo.

Y ahí empezaron los problemas.
Es que claro, tengo poco tiempo y acercarme hasta tu casa solo para comprar lechugas, como que no. Si tuvieses fruta, arroz integral, pan de madre, leche fresca y cosas así sería estupendo.
Tipo supermercado comenté yo.
Exacto.
Pero ecológico.
Pues sí.
Pues no. Yo tengo lechugas de calidad a un precio muy bueno. Además, para ser honesto, solo puedo cultivar con amor lechugas y alguna cosilla más. De todas formas, puedes encargarle la compra a Paco el intermediario ecologista, que mueve productos de calidad y reparte a domicilio.
Ya, y gana más que los propios agricultores a los que compra la mercancía.

En fin, que llegamos a un callejón sin salida y ahí se quedó el asunto.

Menos mal que, por lo bajini, también vendo una cosita de la huerta a una clientela que no se corta lo más mínimo en pasarse por mi casa a recogerla. Porque como tuviera que esperar a los consumidores ecologistas, concienciados, solidarios, espantílagos, pensulforinos y cosas por el estilo, nunca podría permitirme esas más que merecidas vacaciones de luxe en Satúrpiter.


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