Andaba Cícifo por las calles como cavilando que no solo los dioses debían tener el fuego sagrado del conocimiento, pero que si se lo robaba para entregárselo a los paisanos, sembraría entre ellos la semilla de la discordia.
Andaba Cícifo cavilando por las calles hasta que empezó a nevar y, aunque dejó de cavilar del tirón, no logró recordar dónde había dejado el hacha.
Y si lo pudo contar no fue porque los dioses compartieran con él el calorcito sagrado ni porque tuviera madera de héroe. Fue gracias a la leña que le dejó un paisano con las manos muy duras y la sonrisa muy tierna.